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Discurso de Juan Antonio García Casquero en el Foro de la Nueva Sociedad

Muy buenos días y muchas gracias por su atención.

En primer lugar me gustaría agradecer en el nombre de las víctimas del terrorismo, a quienes represento en este acto, y en el mío propio, así como a los organizadores el habernos invitado y permitir así que se escuche nuestra voz. Quisiera agradecer igualmente a todos los aquí presentes su interés por conocer nuestras ideas e inquietudes. Y cómo no, dar las gracias por todas las muestras de apoyo y afecto que estamos recibiendo de los ciudadanos españoles.

Siempre se nos ha dicho a las víctimas del terrorismo que somos el colectivo al que más debe la sociedad española. No sabemos si eso es cierto o no, yo no lo sé, pero como presidente del colectivo de víctimas más importante de este país si puedo decir que probablemente no exista otro colectivo que haya asumido su dolor y su sufrimiento con mayor decencia y decoro democrático que el de las víctimas españolas. Las palabras venganza o represalia no se encuentran en nuestro vocabulario, y no forman parte de nuestras vidas. La fe en la Justicia es lo único a lo que nos podemos asir frente al daño recibido por la sinrazón del terror.

Durante muchos años, las víctimas estuvimos abandonadas a nuestra suerte, sin nadie que nos ayudara a sobrellevar el dolor que nos causó el terrorismo. Es lo que se ha denominado “doble victimización”. El Gobierno y una parte de la sociedad nos daban la espalda como si la España democrática no nos reconociese.

Por fortuna, el primer gobierno del Sr. Aznar inició un cambio sustancial en el reconocimiento a la figura de las víctimas del terrorismo, cambio que ha seguido avanzando de forma que hoy día la consideración y atención hacia las víctimas es creciente. Y sin embargo, en este entorno en que las víctimas del terrorismo vamos poco a poco ocupando el lugar que nos corresponde en la sociedad, y en el que, en la más inmediata actualidad, parece nacer la esperanza de recuperar un consenso en la lucha contra el terrorismo, no puedo por menos que expresar mi más profunda preocupación por dos cuestiones en las que creo que no solo no se está avanzando, sino que, muy al contrario, estamos en claro retroceso.

La primera de ellas es que estamos perdiendo la lucha por el futuro. Y la estamos perdiendo especialmente fuera de nuestras fronteras .Como ejemplo paradigmático sirva el informe emitido por el Relator Especial de Derechos Humanos de la ONU en fechas recientes, sobre la situación de nuestro país en relación con el terrorismo. Este informe es un compendio de toda la nube intoxicadora que el nacionalismo excluyente e incluso el más directo entorno de la banda terrorista ETA llevan tiempo extendiendo sin que, desde nuestro lado, se adopten medidas para contrarrestar sus devastadores efectos. De hecho, durante la anterior legislatura se adoptaron medidas, se emprendieron procesos y se avaló por el Gobierno de aquel momento a partidos ilegalizados como Batasuna nada menos que ante el Parlamento Europeo, en un episodio de los más vergonzosos que hayamos podido vivir en este país. Y aunque ahora intentemos entre todos enmendar estas acciones, lo cierto es que han supuesto un terrible paso atrás en la lucha por el futuro a la que me refería.

Es así que el mencionado Informe contiene críticas a una de las sentencias emitidas por la Audiencia Nacional, que ha constituido un hito en la lucha contra todo el engranaje que mantiene en funcionamiento la maquinaria asesina de ETA. Me refiero, se refiere este informe, a la sentencia 73 de 2007, la que se corresponde con el conocido sumario 18/98.

Una sentencia que personalmente me devolvió una parte de mi fe en la Justicia. El Relator basa su crítica en el argumento, que puede leerse en la página web de cualquier grupo proterrorista, de que se puede apoyar la ideología etarra, justificarla y colaborar con la banda en aspectos que no sean los atentados propiamente dichos, sin que ello suponga un delito de terrorismo. A las víctimas del terrorismo, a todos los españoles de bien no nos entienden más allá de nuestras fronteras. No somos capaces de trasmitir lo que significa para ETA, para su supervivencia, todo el trabajo sucio que realiza su aparato mediático, político, social y económico, disfrazando esa actividad, eso sí, de simple ideología política.

Y todo esto roza ya el esperpento cuando en el mismo informe se puede leer que la Kale borroka es poco menos que una actividad juvenil que se desarrolla en cualquier población española, aunque en el País Vasco se la tipifica demasiado duramente, ya que muchos de sus participantes pueden no estar de acuerdo con las actividades terroristas. ¿Es esta la idea que se percibe en el exterior sobre una actividad encaminada a crear un clima de miedo que coarte la libertad de todos los ciudadanos vascos?

Todo esto seguirá siendo así, mucha prensa extranjera seguirá hablando de ETA como “una organización separatista vasca”, que mantiene un “pulso con el Estado español”, mientras no comprendamos los demócratas la importancia de no abandonar la batalla del lenguaje, como parte de esa guerra por el futuro.

ETA, y en general todos los grupos terroristas, utilizan los eufemismos para reducir la negatividad que sus propias acciones conllevan. También lo hacen algunos periodistas, algunos políticos y, en este caso, y de forma dramática, un Relator Especial de la ONU. Todos ellos acaban siendo manipuladores de la realidad sobre la que informan. El disfraz político solo oculta la terrible verdad de lo que ETA y su entorno tratan de conseguir: atemorizar a todo el pueblo vasco y español para imponer por la fuerza los deseos de una minoría. Son delincuentes, son asesinos, son secuestradores, son extorsionadores, del mismo modo que quienes utilizan menores en trabajos en el tercer mundo son abusadores y no defensores de un nuevo régimen laboral mundial.

También solicita el relator una interpretación muy estricta de los delitos de “enaltecimiento”. Según su consejo, el delito de enaltecimiento debe ser poco menos que el de planificar un atentado propiamente dicho.

En los últimos meses se está librando una guerra sin cuartel para eliminar los símbolos y homenajes públicos a terroristas de las calles del País Vasco y Navarra, guerra que tendrá una de sus batallas más importantes este próximo jueves en el Congreso de los Diputados, sin olvidar el gran esfuerzo realizado por asociaciones como Dignidad y Justicia al respecto. Al mismo tiempo, se han realizado campañas muy importantes para el reconocimiento público a las víctimas del terrorismo, dedicándosenos calles, plazas y pequeños (y no tan pequeños) monumentos en un gran número de poblaciones españolas. No podemos cejar, ellos nunca lo hacen. Los niños vascos y navarros han crecido rodeados de esas mismas placas con el nombre de calles, y de esos mismos pequeños monumentos, pero esta vez dedicados a los eufemísticamente llamados “gudaris”, a terroristas, a asesinos, que en las mentes ahora adultas de aquellos niños, han quedado grabados como héroes. Hemos perdido muchos años, muchos años sin comprender que el ser humano es especialmente vulnerable a los mitos, y que solo un goteo constante de unas firmes convicciones morales en defensa del bien, entendido como un concepto universal, puede alejarle de las idolatrías. En este caso, nuestro abandono de esa lucha ideológica diaria ha hecho que el mal, en contraposición, ocupara un lugar que nunca debió corresponderle.

Otro concepto importante que debemos trasmitir es que las teorías políticas intolerantes cuando no abiertamente excluyentes, que defienden una singularidad basada en diferencias religiosas, de raza o de cualquier otro tipo para justificar la pretendida superioridad de unos seres humanos sobre otros, por encima de la hermandad universal, tienden, por naturaleza, a la utilización de la violencia. Y esto es así porque en cualquier sistema democrático, la alternancia en el poder es un síntoma de salud. Y esa alternancia es algo contrario a la propia esencia de esas teorías completamente radicalizadas.

Dos ejemplos de lo que ocurre cuando se intenta integrar las siglas de formaciones políticas de esa naturaleza en un sistema democrático, los tenemos en los acontecimientos que suceden bajo los gobiernos del Sinn Féin y la organización terrorista, reconocida por la UE, entre otros, como tal, Hamás. Los gobiernos de estas formaciones generan sociedades enfermas, absolutamente dominadas por el odio y la cerrazón.

Como víctima del terrorismo en España, y como presidente de la AVT, no puedo describir lo que sentí cuando comprobé como el asesino múltiple Ignacio de Juana Chaos es tratado por las calles de Belfast como un héroe. Por lo tanto, es también una trampa pretender, según los consejos del Relator de la ONU, evitar acciones que, según escribe en su informe, “podrían interpretarse en el sentido de incluir a todo partido político que, por medios políticos pacíficos, trate de alcanzar objetivos políticos similares a los que persiguen los grupos terroristas” . ETA, con su atentado de ayer como reacción a la decisión del TS que impide a D3M y Askatasuna presentarse a las elecciones en el País Vasco, ha dado cumplida respuesta a la recomendación del Relator Especial.

Después de esto, sólo espero que la actuación del Ejecutivo anterior, permitiendo que algunas listas de ANV se presentaran, quien sabe si por intereses políticos, no vuelva a repetirse. Porque, además de las consecuencias prácticas en lo que a obtención de información, recaudación de fondos e incluso intimidación más o menos sutil de la población –por ejemplo, no condenando los asesinatos terroristas- y degeneración de las propias instituciones democráticas. Aquella decisión supuso un durísimo golpe en la lucha por el futuro, un golpe del que nos costará mucho tiempo recuperarnos. Legitimó como político lo que no es más que parte de un entorno criminal.

La batalla contra la perversión del lenguaje, la deslegitimación sin paliativos de los idearios que luego fundamentan y justifican el uso del terror, el desenmascaramiento de quienes, utilizando disfraces políticos o profesionales, no son más que parte de la maquinaria terrorista , y la aportación a la infancia y a la juventud de unos valores morales universales de referencia, son las armas fundamentales que tenemos que empuñar para recuperar nuestra posición ideológica. En esta lucha por el futuro especialmente contra ETA y sus satélites, en la que a día de hoy, y particularmente a nivel internacional, aparecemos todos los demócratas como claramente perdedores, las víctimas del terrorismo tenemos un testimonio muy importante que aportar.

En este sentido, la asociación que presido tiene la intención de realizar una campaña constante de concienciación que consiga un entendimiento de la realidad en nuestro país. Tengo confianza en que en ese empeño contaremos con el apoyo y colaboración de una inmensa mayoría de ciudadanos e instituciones, así como de partidos políticos, asociaciones y medios de comunicación.

No quiero desde luego olvidar que, desde esta tribuna, veo entre el público a personas que llevan ya en esta lucha muchos años, y a los que quiero agradecer de todo corazón su esfuerzo, dedicación y el gran consuelo y ayuda que han supuesto para todos nosotros, las víctimas del terrorismo.

Les decía al principio de esta charla, que eran de mi máximo interés dos cuestiones: de la primera ya les he hablado. La segunda es también de una vital importancia y debo reconocer que para mí, como Presidente actual de la Asociación Víctimas del Terrorismo, especialmente dolorosa.

En estos últimos años, se ha iniciado un proceso por el que las víctimas del terrorismo estamos perdiendo nuestra propia voz, nos estamos convirtiendo en el eco de esta o aquella postura política, en la sombra de la sombra de lo que deberíamos ser.

Las víctimas del terrorismo no tenemos que referenciar nuestras posturas o nuestras reivindicaciones, prestándonos a valoraciones que tienen como patrón el mayor o menor acercamiento a este o aquel medio de comunicación, estrella mediática o ideología política. El valor que tienen nuestras posturas es el suyo propio. Las víctimas del terrorismo no estamos ni con nadie, ni contra nadie. Estamos con nosotras mismas. Nada más y nada menos.

Los atentados del 11 de Marzo de 2004 marcaron un antes y un después. Aquel día, en el mayor atentado terrorista en la Historia de Europa, 191 personas perdieron la vida y más de mil ochocientos heridos tuvieron que iniciar un proceso de recuperación física y psicológica que en muchos casos no podrán superar a lo largo de sus vidas. Una recuperación que, además, exige que se conozca quién fue la persona que ideó aquella monstruosidad, el autor intelectual, venga de dónde venga y pertenezca al grupo terrorista que pertenezca. Lo verdaderamente importante es que todas sus víctimas sepan que todos los que les cambiaron la vida o les arrebataron a su ser querido, responderán ante la Justicia por lo que hicieron.

Por un lado, el pueblo español, la ciudadanía, mostró lo mejor de sí misma, y nos ofreció a las víctimas todo su calor y su ayuda. Pero por otro, aquel día se inició un cisma que dividió a la clase política española en dos bandos irreconciliables y que, por desgracia, convirtió a las víctimas, protagonistas dramáticamente involuntarias del suceso, en un trofeo que los dos bandos desean incorporar a sus tropas en un afán por obtener de esa forma y de manera inmediata, la victoria moral sobre el contrincante. El daño que esta situación está infringiendo a todas las víctimas, a todas las asociaciones, es incalculable.

Y es que la lucha política en la que se ha pretendido incluir a las asociaciones de víctimas sin su consentimiento, además de serles totalmente ajena, no conoce ningún límite ni norma moral. Y así, se agrede sin miramientos a cualquier víctima a la que se considera no convenientemente posicionada según el criterio del bando agresor, utilizando de forma muy poco digna a algunos medios de comunicación afines que se prestan a tan innoble juego como francotiradores.

Esta estrategia se utiliza de forma extensiva contra las propias asociaciones, tratando de dificultar el funcionamiento de aquellas poco útiles para los fines perseguidos por la política.

Es un proceso perverso, que persigue que seamos las víctimas quienes libremos entre nosotros un duelo que no nos corresponde y que en realidad debería ser mantenido en buena lid por quienes nos azuzan. Ninguna idea política podrá jamás estar más cerca de una víctima que otra víctima.

Al parecer para algunos medios, aunque afortunadamente son muy pocos, las víctimas hemos contraído con ellos una deuda por la defensa que han realizado de nuestros derechos. Una prueba más de que, en esos no por escasos menos destacables casos, su posicionamiento al lado de las víctimas durante las dramáticas e incomprensibles actuaciones que en materia antiterrorista realizó el Ejecutivo anterior, respondía no ya a unos principios morales, sino a una pura inversión cuyos réditos ahora nos exigen.

Nuestras necesidades directas, en un país como el nuestro, tienen en la actualidad un ámbito de cobertura muy avanzado, aunque desde luego la lucha por su mejora y porque lleguen a todas las víctimas es una tarea fundamental de cualquier colectivo de víctimas del terrorismo.

Pero las víctimas también tenemos entre nuestras necesidades, la del reconocimiento de nuestros derechos, y el respeto y apoyo social que nos ayude a intentar sobreponernos a nuestra desgracia en la medida de lo posible.

Y dentro de ese reconocimiento y respeto que solicitamos, ocupa un lugar importante el que no se nos utilice como armas arrojadizas en la arena política y mediática. Las víctimas, con nuestra independencia, nos jugamos mucho. Mientras no se nos otorgue el reconocimiento que merecemos como personas libres, mientras no se escuche nuestra voz respetando su independencia, no se escuchará la verdad de lo que una víctima del terrorismo es y significa.

Nosotros debemos librar nuestra propia lucha, la de recuperarnos de nuestras heridas, la de recordar a los que ya no están, la de recuperar la fe en la vida y en la sociedad, la de exigir Justicia. La de defender, por encima de todo, la Verdad, la Memoria, la Dignidad y la Justicia para con las víctimas del terrorismo.

Juan Antonio García Casquero.
Presidente AVT. 

Hotel Palace, Madrid
11 de febrero de 2009
 

 
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